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  • Lo que esconde el cubilete
  • CHUCKY, EL TRILERO MÁS CONOCIDO Y ACTIVO DE LAS RAMBLAS DE BARCELONA, DESCUBRE LOS ENTRESIJOS DE ESTA ACTIVIDAD ILEGAL.

    Perfectamente organizado, un grupo de trileros procedentes de los Balcanes y el Cáucaso controla el juego callejero ilegal en Las Ramblas de Barcelona. Cubilete en mano, excombatientes, mecánicos, obreros de profesión, viven ahora del dinero que consiguen engatusando a los inocentes turistas. Sus familiares, que residen siguen residiendo en Europa del Este, son los destinatarios de gran parte de las ganancias que genera una de las tretas más antiguas de nuestras calles.

    Es un soleado y concurrido sábado en Las Ramblas de Barcelona. Las manos de Chucky mueven los cubiletes con la habilidad y rapidez con la que un alfarero moldea la arcilla. “One, two, three, ¿where is the ball? ¿Here?”, vocea este veterano trilero albano-macedonio, al tiempo que dirige su mirada hacia el variopinto público presente buscando a su próxima víctima. A su alrededor se arremolinan turistas, curiosos, transeúntes de paso, y entre ellos, sus compinches, que simulan la apuesta para sembrar la duda e incitar a aquellos más incautos. Tras varios aciertos de los cómplices que conforman la timba, incitado y envalentonado por éstos, un joven francés saca de su cartera un billete de 50 euros. Parece fácil saber dónde se encuentra la bolita y apuesta sin titubeos. Es la primera víctima del día, y como él, habrán muchas más.

    “Nosotros no obligamos a jugar a nadie. Es totalmente libre y voluntario”, se defiende ofendido Chucky, cuando se le cuestiona su forma de ganarse el pan. Este trilero albano-macedonio de 40 años y originario de Skopje, fue rebautizado con el nombre del Muñeco Diabólico por un veterano compañero de profesión, debido al enorme parecido que guarda con éste. Sus ojos saltones, su pequeña estatura y su nerviosismo constante, acentúan todavía más la semejanza con el feroz asesino de ficción. Después de un largo periplo por diferentes ciudades europeas, hace diez años que desembarcó en Barcelona, y desde entonces, se ha convertido en uno de los personajes más habituales y conocidos de Las Ramblas.

    Este curtido trilero no habla de su oficio con demasiado entusiasmo. Sus ojos saltones pierden expresividad y miran hacia el suelo cuando admite que “para un musulmán trabajar haciendo esto es una deshonra, pero de momento no me queda otra”. Su historia personal esconde una colección de decepciones y frustraciones, que comenzaron en 1991 cuando Yugoslavia comenzaba a resquebrajarse. Por estas fechas, la situación económica en Skopje, la capital de Macedonia, era paupérrima y no había visos de un buen porvenir como en la mayoría de ciudades de Europa del Este. Con apenas 21 años, Chucky, que hasta el momento había trabajado como mecánico de automoción, decidió junto con dos amigos, separarse de su familia y emprender rumbo hacia Berlín en pos de una mejor fortuna.

    La capital germana, estaba en plena fase de reconstrucción y efervescencia capitalista tras la caída del muro y, por lo tanto, parecía el lugar idóneo para comenzar una nueva vida. Sus primeros días, los pasó trabajando de mecánico, profesión para la que había estudiado y a la que quería dedicarse. La desesperación se adueñó rápidamente de él, ya que la desproporción entre el sueldo que recibía y el precio que debía pagar por la manutención, le impedía enviar cualquier tipo de dinero a su familia en Macedonia.

    Fue en Berlín, donde conoció por primera vez el oficio de trilero. La posibilidad de obtener dinero de un modo rápido y fácil, le atrajo de tal modo, que en los últimos 20 años ésta ha sido su única dedicación y principal fuente de financiación. Después de pasar 4 años faenando en las calles de la capital alemana, Chucky y sus compañeros habituales de timba, emprendieron un periplo por diferentes ciudades europeas con un flujo turístico importante, hecho que garantizaba un elevado número de víctimas y, en consecuencia, cuantiosos beneficios. A ritmo de cubilete viajaron a Ostrava, en la República Checa, donde estuvieron un año, después pasaron 4 años en las ciudades italianas de Venecia, Bolonia y Rimini, para finalmente aterrizar en España a mediados de 1999.

    A día de hoy, este trilero albano-macedonio ha conformado un grupo que ronda la decena de miembros procedentes de Bosnia y Herzegovina, Georgia y Macedonia. El modus operandi siempre es el mismo, por lo que cada uno de los integrantes de la estructura conoce a la perfección su función. Aunque en ocasiones los roles se intercambian, Chucky suele ser quien está al mando de los cubiletes, al tiempo que media docena de personas, entre ellos mujeres para ganar credibilidad, actúan como ganchos y, finalmente hay un par de miembros que se colocan en los laterales de Las Ramblas para controlar los dos sentidos del tráfico y, de este modo, advertir a sus compañeros de la presencia policial.

    En este sentido, el clásico grito de agua, que durante décadas se ha voceado en nuestras calles, ha sido substituido por llamadas de teléfono móvil. Cuando se produce éste hecho, los miembros de la timba se disuelven con rapidez, dejando en ocasiones sus artilugios de juego en plena calle para que no puedan ser utilizados como prueba, y se esfuman hacia diversas calles adyacentes a Las Ramblas. Transcurridos unos minutos, cuando los efectivos policiales se alejan, los celulares comienzan a sonar de nuevo, y el grupo se reúne en un establecimiento de una importante franquicia de comida fast food norteamericana. Cuando la situación vuelve a la calma, la veda concluye y la timba se rearma rápidamente para cazar a los incautos y curiosos turistas.

    Una vida dedicada al juego
    “Llevo 20 años engañando a la gente. Con sólo una mirada ya sé en quien se puede confiar y en quien no”, comenta el experto trilero en referencia a sus dotes de convicción. Y es que sus ojos de Muñeco Diabólico se clavan como puñales y ejercen un fuerte poder de convicción que invitan a probar suerte. En este sentido, añade que “con una simple mirada a los espectadores de la timba, ya sé quien será la víctima porque lo leo en sus ojos”. Hablando de sus víctimas, “quien se arriesga y apuesta 50 euros, es porque tiene mucho dinero y no le supone un verdadero problema”, justifica quizá para mantener limpia su conciencia.

    Los años de continuo peregrinaje se han traducido en un amplio bagaje picarescocultural del que el curtido trilero hace ostentación. Orgulloso, muestra su dilatado conocimiento sobre historia contemporánea y alardea de hablar al menos 15 lenguas europeas. Es evidente que sus viajes, sus relaciones con personajes de los bajos fondos de distinta procedencia, pero sobretodo, la necesidad de disponer del mayor arsenal de armas de convicción posible para engatusar a sus víctimas; han sido las causas que han llevado a este trilero a defenderse en diferentes lenguas latinas, eslavas y germanas. Un hecho que, sin duda, eleva las posibilidades de supervivencia en un campo de batalla tan despiadado como la calle.

    Su primera sede en España fue Palma de Mallorca, donde la presencia de turistas era muy significativa durante los meses veraniegos. Pero tuvieron que desistir rápidamente de trabajar en la isla porque sus intereses chocaron con los de una banda de rumanos que controlaban la zona. Tras su mala experiencia en la capital balear, Chucky y sus compañeros decidieron instalarse en Barcelona, ciudad en la que llevan prácticamente 10 años dedicándose al negocio del cubilete.

    “Cuando llegamos a Barcelona la competencia era muy dura ya que habían cuatro timbas de trileros españoles en la zona de Las Ramblas”, comenta recordando sus primeros días en la ciudad condal. Parados, jubilados y buscavidas nacionales montaban sus puestos de juego en los aledaños de la Plaza Cataluña, buscando siempre a sus víctimas preferidas, los turistas. “Las altas multas que imponía la policía hizo que los trileros de aquí desaparecieran y nosotros nos hiciéramos con el control absoluto del juego”, añade Chucky para justificar esta especie de traspaso de negocio en la calle más emblemática de la capital catalana.

    La jornada laboral suele comenzar a las 10 de la mañana y se suele alargarse hasta las 5 de la tarde, momento en el que el flujo de turistas suele descender de manera notable. El emplazamiento del grupo de Chucky siempre es el mismo, justo al principio de la Rambla de Santa Mónica, dos centenares de metros antes de que Las Ramblas desemboquen en la estatua de Colón. Durante las 7 horas que permanecen en la calle, el grupo debe aprovechar cada momento de ausencia policial para armar la timba y actuar con rapidez.

    El hecho de estar todo el día en esta emblemática calle, hace que los trileros conozcan a la perfección todo lo que sucede en ella. Heroína, hachís, cocaína, prostitución…, cada colectivo, que suele corresponde con una nacionalidad, controla un tipo de actividad y aunque a veces surgen problemas entre ellos, suelen respetarse casi siempre. Su conocimiento de Las Ramblas alcanza tal magnitud, que tienen fichados a todos los miembros de la Guardia Urbana de Barcelona a través de un apodo identificativo. “Mucho dinero”, “Niño” o “Bin Laden”; son algunos de los pseudónimos con que los trileros han bautizado a los agentes en función de sus características físicas o actitudes.

    Temporeros del engaño
    “En un día de verano donde hay muchos turistas podemos llegar a ganar 120 euros cada uno”, comenta este ducho trilero. Si tenemos en cuenta que casi todas las apuestas suelen ser de 50 euros y que las ganancias deben repartirse entre todos los miembros del grupo, en un buen día puede haber entre 15 y 20 víctimas, lo que significa unos beneficios totales de más de 750 euros. Por el contrario, en un día de poca afluencia en Las Ramblas, pueden ganar 20 euros cada uno, e incluso, volver a casa con los bolsillos vacíos. Es por este motivo, que Chucky y sus compinches, sólo están en Barcelona temporadas que oscilan entre los 6 y 7 meses, coincidiendo con los meses de mayor presencia turística, mientras que el resto del año regresan a sus países de origen para estar con sus familias.

    El trilero albano-macedonio muestra con una extraña mezcla de orgullo y nostalgia el salvapantallas de su teléfono móvil donde aparece la foto de su hija pequeña. El trilero aprovechó sus estancias temporales en su Skopje natal para casarse y ser padre de dos hijas. En la actualidad, ellas, al igual que el padre y hermanos de Chucky, siguen viviendo en Skopje, mientras él combina sus estancias entre Barcelona y los Balcanes. “Mis hermanos saben a qué me dedico, pero mi padre, mujer e hijas creen que trabajo de mecánico en Barcelona”, comenta cabizbajo cuando se le pregunta si en su familia saben a qué se dedica realmente.

    Su padre, que trabajó como electricista y ahora es jubilado, tiene una pensión que apenas llega a los 70 euros mensuales. Los sueldos de sus hermanos no son mucho más esperanzadores, 150 euros mensuales para uno que es camarero, 140 euros al mes para otro que trabaja de chofer, y el tercero que es parado, sobrevive realizando tareas esporádicas de jardinero. Ante esta situación nada halagüeña, Chucky se ve obligado a mandar mensualmente 200 euros a Skopje, dinero que sirve de sustento básico a su mujer e hijas y a su padre. Las familias del resto de miembros que del grupo de trileros, también sobreviven gracias a las remesas de dinero que periódicamente les envían sus familiares desde Barcelona.

    Al dinero que mandan a sus familias y al que invierten en su propia manutención, hay que sumarle las multas administrativas que deben afrontar. Aunque sólo son multados cuando hay denuncia por parte de la víctima y son requisados los elementos de juego, en ocasiones las sanciones pueden llegar hasta los 2000 euros. “Trabajamos para el gobierno”, bromea el trilero cuando muestra el impreso de la última multa que le infligieron.

    La imposibilidad de legalizar su situación en España y la precariedad que sigue reinando en su Macedonia natal, hacen que este experimentado trilero no vea visos de cambio a corto plazo. Aunque le gustaría en un futuro cercano volver a trabajar de mecánico, sabe que su vida seguirá unida a los cubiletes, trabajo que lleva realizando durante las dos últimas décadas. A pesar de ello Chucky sonríe y concluye: “En lo que sea, pero el mejor”.

    UN SEÑUELO MADE IN PERÚ
    El trilero que está al mando de los cubiletes y los ganchos que conforman la timba, aparentemente siempre hacen apuestas con billetes de 50 euros, sólo aparentemente. Aunque por las manos de los trileros sí que circula algún billete de 50 euros, la gran mayoría de billetes que se intercambian simulando el juego son billetes de 50 Intis.
    El Inti fue la moneda de curso legal en Perú entre los años 1985, cuando reemplazó al devaluado Sol de Oro a causa de la fuerte crisis económica que azotaba el país, y el 1991, momento en que se fue substituida por el Nuevo Sol, la moneda de curso legal en la actualidad.
    A simple vista, el billete de 50 Intis bien doblado, se confunde a la perfección con el billete de 50 euros, ya que ambos son de un color anaranjado muy semejante. A la gran mayoría de turistas este hecho les pasa desapercibido, ya que la exposición de los billetes es muy limitada al estar bien doblados.
    Los trileros balcánicos adquieren grandes cantidades de billetes de 50 Intis en el mercado negro por apenas una decena de euros. La explicación es bien sencilla, si en algún momento se ven sorprendidos por la policía y éstos requisan sus pertenencias, el valor perdido con los Intis es mucho menor que si todos los billetes decomisados fuesen de 50 euros.

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