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  • Refugiados sirios

  • Se hizo esperar, pero la revuelta que azota el mundo árabe prendió con fuerza en Siria en marzo de 2011. Desde su inicio, el régimen de Bashar al Asad ha reprimido a sangre y fuego una revolución que trata de poner fin a casi medio siglo de dictadura baazista. Los civiles muertos superan los 1.600 y los refugiados exiliados a Líbano y Turquía se cuentan por miles. Gran parte de los 12.000 refugiados sirios que han llegado a territorio turco huyendo de la brutal represión proceden de Jisr al Shughour. Los refugiados sirios del campo fronterizo de Boynuyogun destacan la virulencia del asedio y hacen una llamada a la comunidad internacional para que intervenga.

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  • Jisr al-Shughur, revolución y destierro
  • Gran parte de los 12.000 refugiados sirios que han llegado a Turquía huyendo de la represión del régimen baazista proceden de Jisr al Shughur. En esta ciudad norteña la revuelta popular prendió con fuerza y Bashar Al-Assad envió un gran contingente militar para aplastarla. Los refugiados del campo fronterizo de Boynuyogun destacan la virulencia del asedio y llaman a la comunidad internacional a que intervenga.

    Al shaab yurid isqat al nizam («El pueblo quiere la caída del régimen»), clama al unísono una multitud enfervorecida desde el interior del campo de Boynuyogun. El eslogan revolucionario nacido en Túnez durante la revuelta popular que conllevó la caída de Ben Ali ha cruzado el Mediterráneo y ahora se escucha también con fuerza en un territorio turco que acoge a alrededor de 12.000 refugiados sirios.

    En cuestión de segundos, centenares de sirios se agolpan ante la tela metálica que delimita el perímetro del campamento. En primer término los hombres y más atrás las mujeres. «Allahu Akbar» (Alá es grande), gritan con rabia mientras algunos sostienen cartones con mensajes contrarios al régimen de Al-Assad. «Vete», «Queremos que Bashar al-Assad sea juzgado» o «Jisr al Shughur nunca se rendirá al traidor», son algunas de las misivas que los refugiados quieren transmitir al mundo.


    Pancarta con el mensaje: “Queremos que Bashar al-Asad sea juzgado”.

    Desmienten al régimen

    En el interior del campo, el goteo de relatos es incesante. «Entraron en Jisr al Shughur y acabaron con todo, incluso con las vacas y las ovejas», relata Abdul Hamid, un estudiante sirio de 20 años. Como él, la mayoría de los 3.500 refugiados que acoge el campamento proceden de esa ciudad, a unos 25 kilómetros de la frontera con Turquía.

    A principios de junio, en esta localidad del norte de Siria fueron asesinados 120 policías, aunque la autoría de los hechos sigue sin esclarecerse. Según fuentes del régimen baazista, grupos rebeldes armados mataron a los agentes, mientras que los refugiados sostienen que los policías se unieron a la revuelta y murieron a manos de los 3.000 efectivos militares que Maher al-Assad, hermano del dictador y cabecilla militar, envió para aplastar la revuelta. «Con los militares había grupos paramilitares. Si los soldados se negaban a atacar a la población, los paramilitares les disparaban», asegura un refugiado que declina dar su nombre por cuestiones de seguridad, en referencia a los shabiha.


    Abdul Hamid de 20 años estudia Literatura Árabe en la universidad.

    «El régimen quiere mostrarnos como sectarios. Tengo muchos amigos alawíes y les tengo mucho aprecio. No somos sectarios. Nuestro problema es la cabeza del régimen», exclama Abdul Hamid, suní como la mayoría de refugiados y que hasta su exilio estudiaba Literatura Árabe en la universidad.

    A pesar de su condición de refugiados y de haber perdido, en muchos casos, familiares y pertenencias, en las calles de este pequeño e improvisado Jisr al Shughur de plástico no se observan demasiados lloros y caras que expresen dramatismo. Más bien son miradas de rabia, confianza y dignidad. La de aquellos que aseguran que han hecho lo que debían alzándose «contra un régimen que masacra a su propio pueblo». Y que añaden tienen la confianza de un pueblo que, tomando Túnez y Egipto como referentes, espera «doblegar al autócrata y poder volver pronto a casa».

    «El campamento cuenta con todas las infraestructuras para satisfacer las necesidades básicas de los recién llegados y hacer que su estancia sea lo menos dramática posible», explica Carol Batchelor, máxima responsable de la misión de la ONU (ACNUR) en la zona. La gestión de los cinco campos que acogen los cerca de 12.000 refugiados corre a cargo de la Media Luna Roja turca. Esta entidad se encarga de que los refugiados reciban tres comidas diarias y ha dispuesto escuelas, un hospital de campaña, así como un equipo de sicólogos y traductores del árabe al turco.

    Desertor y orgulloso

    El aire que se filtra en el interior de la tienda de Ahmed Jaled al Suleiman hace más llevadero el asfixiante calor veraniego que ya golpea con todas sus fuerzas a estas alturas del calendario. Estirados sobre unos colchones yacen este joven soldado del ejército sirio y su madre Aboush. El uno al otro es todo lo que tienen. Nos invitan a entrar. A pesar del exilio y la situación de precariedad, la hospitalidad siria ha conseguido sortear con ellos el asedio militar.

    Ahmed se levanta del colchón para darnos la bienvenida. «Que Alá bendiga al pueblo turco y al señor Erdogan», se apresura a decir una vez hechas las presentaciones. Orgulloso, se baja unos centímetros el cuello de su camiseta de tirantes y muestra un rótulo desgastado escrito sobre su pecho en el que puede leerse la palabra «Erdogan». Ahmed y su madre también proceden de Jisr al Shughur, ciudad de la norteña provincia de Idlib que antes de la revuelta y el posterior sitio militar contaba con 45.000 habitantes.


    Ahmed Khlaed al Suleiman muestra su documentación de soldado del ejército sirio.

    «Soy soldado del Ejército sirio. Me negué a disparar contra nuestro pueblo y me impusieron una pena de 5 meses de cárcel. Al-Assad prometió una amnistía para los desertores pero no confío en su palabra. Huí con mi madre cuando comenzaron a asediar y bombardear la ciudad. Mi padre está muerto y no podía dejarla sola», añade el joven mientras busca con los ojos la complicidad de su madre.

    Como ellos, todos los exiliados se han visto forzados a cambiar el resguardo de sus casas humildes por la fragilidad y la austeridad de una tienda de tela. A pesar de la angustia e incertidumbre, les queda la satisfacción de sentirse seguros lejos del asedio del Ejército del régimen sirio. Afortunadamente, en Boynuyogun, los únicos tanques que se ven están dibujados sobre el cartón.

    Comunidad internacional

    Mientras EEUU y la UE aumentan las sanciones económicas a Siria pero descartan, de momento, una intervención militar como en Libia, el gobierno de Bashar al-Assad sigue reprimiendo las manifestaciones multitudinarias que reclaman el fin de un régimen baazista que lleva instalado en el poder desde 1963. Según la ONG y el grupo opositor Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, desde el inicio de las protestas contra Al Asad a mediados del pasado mes de marzo, han muerto 1.368 civiles y 346 militares y policías.

    En este sentido, en el campo de Boynuyogun se observan varias pancartas que hacen una llamada urgente a la comunidad internacional para que intervenga y ponga fin al reguero de sangre y destrucción. «Jisr al Shughur está sangrando. Ayudadlo», puede leerse en una de ellas.


    Llamada desesperada: “Jisr al Shughour está sangrando. Ayudadlo”.

    Otra pancarta alzada por un niño, sintetiza a la perfección la repulsa de los refugiados hacia la política represiva que está llevando a cado el régimen baazista. El lema «Este es el proyecto de reforma de Al-Assad» aparece escrito junto a un avión y dos tanques bombardeando diferentes poblaciones sirias. A la derecha, aparecen escritos los nombres de Tel-Aviv y Altos del Golán. El mensaje dirigido al máximo líder sirio es claro: «¿Por qué en vez de utilizar la fuerza para masacrar a tu propio pueblo, no la usas para devolvernos lo que en su día nos arrebató Israel?


    “El proyecto de reforma de Al-Asad”

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